Mundo de palabras

agosto 8, 2006

Un germen mínimo para una historia

Filed under: Historias propias — mundodepalabras @ 4:10 pm

Un hombre observa cómo su mujer regresa a la que fue su casa compartida y comienza la mudanza. El hombre simplemente observa y va reflexionando.

Siente como si viera cómo se desmonta un gran rompecabezas que le tomó años construir.

agosto 7, 2006

Una historia breve: “El incidente”

Filed under: Historias propias — mundodepalabras @ 1:46 pm

Había encontrado trabajo como barrendera en la feria itinerante que había llegado a su pueblo.

Eso hacía.

Sabía que no hacía sino desplazar el polvo de un lado a otro, sin embargo, mientras movía la escoba, se sentía profundamente merecedora de su sueldo.

Todo siempre igual, polvo va y viene, escoba a derecha, escoba a izquierda pero la rutina se rompió esa noche, en su último turno, cuando ocurrió el incidente.

Le hubiese gustado tener testigos del cambio, un espejo que le reflejara lo que sentía. Su piel era un traje deslumbrante, sus ojos carbones puros, su cabello ya no era de resortes sino suaves ondas.

Cuando todo temrinó y pasó el miedo de haber sido engañada por un sueño, miró al cielo. Creyó escuchar música a lo lejos, algo tropical, siguió escuchando, atentamente, como quien mira un estanque hasta que logra distinguir y nombrar uno a uno los peces.

“Ojalá que llueva café”, Juan Luis Guerra, una fiesta a sus diecisiete años, los primeros bailes, las primeras miradas de lo que entonces llamaba amor. Le sorprendió recordarlo.

Pero la canción terminaba, la cantidad de estrellas en el cielo casi hería sus ojos y, sueño o no, debía encontrar un camino de regreso a su realidad, lo que dolorosamente consideraba su hogar.

Se sacudió de encima las cotufas que la habían bañado momentos antes, incluso sacó alguna de su cabello y la comió, difrutando cada grano de sal adherido a ella como una fruta jugosa. Se pellizcó con cariño y vio la feria a su alrededor, lo que le quedaba por barrer. Y, con todo, sonrió.

En ese instante ella era la armonía y sabía que, en cierta forma, esa era su nueva enfermedad y que no había doctor para ella. Pero, más que un estado pasajero, se trataba de un cambio profundo en su naturaleza: durante los cinco minutos en que las cotufas cayeron desde uno de los carros de la “Rueda de la fortuna” hasta su cabeza, ella borró todas las tristezas de su infancia, las mezquindades de su vida de barrendera de feria itinerante y fue feliz.

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