El dueño del autógrafo original con el fasificador
-Chamo, pero ¿no te dije que el tipo ese se habÃa muerto en el 82?
-Se me chispoteó, pues, ¿cuál es tu rollo?
El dueño del autógrafo original con el fasificador
-Chamo, pero ¿no te dije que el tipo ese se habÃa muerto en el 82?
-Se me chispoteó, pues, ¿cuál es tu rollo?
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Mario del Monaco (Florencia, 27 de julio de 1915 – Mestre, 6 de octubre de 1982) fue un tenor italiano.
Mario del Monaco nació en un familia florentina, musical y acomodada. Estudió el violÃn pero siempre fue un apasionado del canto. Se graduó en el Conservatorio Rossini, en Pésaro, donde conoció y cantó por primera vez con Renata Tebaldi. Raffaelli, su maestro, reconoció su talento y le ayudó a iniciar su carrera. Se casó en 1941 con Rina Filippini.
Debutó en un papel importante el 31 de diciembre de 1940 como Pinkerton en el Teatro Puccini de Milán. Obtuvo un gran reconocimiento por su interpretación del papel de Otello en la ópera de Verdi, el cual abordó por primera vez en 1950 y fue refinando durante toda su carrera. Se ha llegado a decir que interpretó el personaje por lo menos 427 veces. Fue incluso enterrado en su traje de Otello. Fue pareja en varias grabaciones y representaciones de Renata Tebaldi, con quien grabó las óperas más conocidas de Verdi y Puccini, entre otros. Se retiró en 1975.
También se suele reconocer que era muy atractivo y potente en escena, un actor natural con un fraseo perfecto y una voz agradable. También se suele decir que poseÃa muy poco control de la voz, y en algunas grabaciones parece estar regularmente gritando más que cantando.
1)Me cuenta una alumna que el Dr. Brian Weiss, el de “Mucha vidas, muchos sabios”, se ha encontrado con unos niños pequeños que hablan arameo
 ¿qué me interesa de esta idea? que puede ser uno de esos casos en los cuales hay exageraciones acerca de las nuevas capacidades de los niños o cosas por el estilo, desde ese punto de vista me parece cómica. aparte, tiene algo como de misterioso o secreto
2)Leo en el semario “El negocio redondo” que alguien está vendiendo por bs. 200 mil un autógrafo del tenor Mario del Monaco en un programa del Metropolitan de Nueva York, según el anuncio en 1994. Acabo de averiguar que Del Monaco murió en 1982, asà que pensaba en un nuevo rico que quiere comprar el autógrafo y no sabe esto.
 ¿qué me interesa de esta idea? que rápidamente pude ver un posible personaje. alguien de clase media venido a menos que trata de reunir todos sus recursos para algún fin y decide vender ese autógrafo que obtuvo en su último viaje al exterior. aparte hoy leÃa algo en el nacional que decÃa:
” La clase media en el imaginario cotidiano, seamos sinceros, es una abstracción, que todavÃa estira los últimos perfumes que compró en ParÃs con el dólar a cambio libre y firma remitidos para apoyar el incremento de las mensualidades de los colegios privados como una manera de evitar que los “tierrúos” compartan las mismas aulas con sus hijos, nada más.”
-Señor Jiménez, por favor…
El hombre, de braga amarrilla, extiende un papel y un bolÃgrafo, sólo espera su firma. Son las cinco de la tarde y cede el dÃa. Una caja de libros fue la última en llegar.
Él se limita a realizar lo mÃnimo necesario para satisfacer el pedido. Trata de murmurar algo que suene a ‘hasta luego’, ‘muchas gracias’ o algo similar. Luego es efectivo en levantarse y acompañar a su visitante, llevándolo, dirigiéndolo hasta la puerta para hacerlo salir.
Cierra la puerta como si fuera un faraón que se entrega a la eternidad en una tumba desproporcionada.
El balcón.
Sobre el mar, cuyas olas apenas se perciben, hay rayones de anaranjado del sol que va desapareciendo. Voltea una de las sillas del comedor, se sienta, apoya el mentón en el respaldo de madera y deja pasar las horas.
Llega la noche. Todo lo que ve ahora es la uniformidad de azul profundo interrumpida por puntos luminosos fijos o intermitentes.
‘La vida es un balcón, Milena’, comienza a escribir en una carta con destinataria pero sin dirección de entrega.
‘Como el dÃa que se reinventa en noche mirado desde un balcón, Milena, todo cambia para seguir igual pero cuánto ensañamiento hay en el proceso’.
Varias, muchas, demasiadas lÃneas.
Sólo se interrumpe para analizar si podrá adoptar un nuevo criterio para ordenar su biblioteca, lo demás son páginas y páginas de cosas que quedaron por decir.
Y ’adiós, Milena’ para cerrar.
Le dijeron, le chismearon, nunca hubo manera de comprobarlo. Ana sólo era Ana y su única circunstancia era el galpón, el polvo, las goteras, las pelÃculas viejas.
Camina hacia el rincón que hacÃa de oficina de Ana, se extraña de que puede hacerlo en la oscuridad, como si se tratara de su casa.
Tose.
Sobre el escritorio, Ana lo espera, desnuda, bocabajo. Una sombra se acerca, recoge el cabello sobre la espalda y lo acomoda hacia un lado. Sopla cálidamente recreando la columna vertebral que la poca piel de Ana le ofrece y llega hasta las nalgas, donde parece comenzar a resentir la falta de aire.
Respira y los escucha murmurar. ¿Canción? ¿Poema? ¿Palabras sin sentido?
Ella pregunta, afirma y exclama con desinterés:
-Llegaste…
Él cierra los ojos, los frota, los vuelve abrir y sólo hay oscuridad.
Ana tomó una beca para estudiar algo en España, algo, cualquier cosa. Ana no está. ¿A quién retienen noches intercaladas de sexo, un salario bastante cerca del mÃnimo legal y algunas pelÃculas viejas que no importan a nadie?
Ana no está pero él se va desnudando y comenta:
-Hoy te pensé ordenando los libros…
Vuelve la imagen, casi hiriente, Ana se voltea toda rostro, senos y sexo frente a él y lo mira a los ojos. Él no sabe si es cazador o presa y espera. En sus oÃdos escucha un eco amplificado de los latidos de su corazón.
Acerca sus labios y ella lo recibe. La levanta del escritorio y la coloca, no, la despliega sobre el piso, nuevamente bocabajo. Y son Ana y él otra vez, aunque ella se haya ido sin despedirse. La piel de ella reacciona a las asperezas y desniveles del cemento del galpón, él igual se acomoda para penetrarla.
Embiste furiosamente, quiere tatuarla como para que ella arrastre toda la pasión y ella está en uno de esos dÃas en los que sólo se deja hacer. Si llega a sentir dolor estira los brazos hasta alcanzar una lata de pelÃcula, parece por instante preguntarse cual podrÃa ser, pero igual la aprisiona, a veces incluso la golpea contra el piso, como en un efecto dominó que va de él a ella de ella a la lata.
A veces se preguntan si alguien escucha, pero quién puede escuchar si a ese galpón nadie va, si sólo el anarquismo de la filantropÃa de su padre podÃa haberla descubierto para unos pocos más.
Terminan y él la voltea. La piel blanca llena de puntos rojos por la superficie del piso. En segundos el rojo será rosado, en minutos será blanco, tan blanco como siempre. Algún dÃa él logrará dejar las marcas permanentes.
Se recuestan de lado, cuerpo sobre cuerpo. Acercan sus rostros al piso, les gusta escuchar los fluidos refrigerantes que comienzan a andar, como si se tratara de la sangre que fluye de nuevo en el cuerpo de un resucitado en los ductos que pronto protegeran tantas imágenes, tantas historias.
Algún dÃa iba a dejar esas marcas permanente. TenÃa esa certeza y con ella besaba a Ana nunca en la boca para despedirla: en la frente, en la mejilla o en un hombro y se perdÃa después de la puerta del galpón.
Nunca imaginó que estarÃa allà dentro, prisionero de una celda absurdamente inmensa, y Ana perdida.
Se viste de nuevo y se sienta al escritorio a pensar.
Escribir el texto que falta en un libro de relatos es, ni más ni menos, buscar la pieza más pequeña y delicada del engranaje de una máquina de alta tencologÃa. Es el tornillo Phillips de cabeza particularmente estrÃada, la torre de precisión de una bujÃa japonesa.
 Y encima es peor si tiene que escribir en medio de la mudanza.
 Realmente hace poco, las cosas van bien, paga una compañÃa especializada que ha acomodado, embalado y transportado, en un camión equipado, todo asegurado, todo lo que se puede aspirar cuando se ha dispuesto todo y pagado todo. Él todavÃa sigue en el viejo apartamento, se aferra a la última mesa, la que irá en el último viaje, el desktop ya está en la nueva residencia, se defiende con su laptop.
Se aferra a esa mesa como un náufrago y piensa la metáfora y la teme, porque la gran conclusión que le dejaron las mudanzas con sus padres es que cada uno de esos traslados es un naufragio. Una tremenda tragedia donde se pierden fotos, memoria, libros, palabras, discos, melodÃas y quién sabe cuántas cosas más que forman parte del vacÃo que ahora le acompaña y, claro, si no logra recordar qué fueron, no puede buscar sustituto.
 O tal vez ni siquiera haya reemplazante posible, sólo la brecha que deja cada pérdida.
De los libros, sólo conservó consigo “Tres rosas amarillas” de Raymond Carver donde está el relato “Cajas”. Lo relee obsesivamente y se va sintiendo protagonista, narrador, personaje y acción de cada uno de los eventos del relato.
Estaba convencido de la importancia y conveniencia del proceso secuencial: primero, todas sus cosas fueron embaladas, en orden creciente de prioridad en esas cajas, luego las comenzarÃan a trasladar. Pero, mientras veÃa que el rompecabezas de su casa se desmontaba en cajas que se apilaban comenzó a preguntarse sino serÃa toda la mudanza un sueño y que ahora vivirÃa de esa manera, con ese nuevo método de organización.
Esta sensación, un miedo, una ansiedad, desapareció cuando salió la primera caja. Simplemente bastó eso, un joven de un metro ochenta cargando un caja. No se podÃa saber qué iba en lla, pero cuando el joven traspasó el umbral, la mudanza comenzaba a consumarse.
 Es que incluso ve fantasmas. Ahora ha podido ver desfilar, una a una, las últimas mujeres que durimieron en ese apartamento. Parece poder distinguir como cada una llega a reclamar y se lleva aquellos objetos que, de alguna manera, podÃan decir que les pertenecÃa.
 Ha visto a Mariana llevarse unas hojas manuscritas que relataban una escena sexual de una novela inédita, de hecho, inconclusa, que recreaba casi al calo una noche entre ellos.
 Él quiere mudarse para tener adonde volver, él quiere viajar para poder sentir lo que es la emoción del regreso, del reencuentro. Con tantas cosas. Fantasea sobre ello.
 Siempre quiso tener un gran ventanal con vista al mar, una inmensidad azul, que se perdiera a su vista, que le hablara de infinitos, de la ausencia de limitaciones.
¿Qué es la felicidad total para él? terminar ese cuento, colocarlo en el libro y ver cómo funciona el engranajae. Pero al instante que lo relea completa comenzará la inquietud de un próximo libro a agrietar esa felicidad y nada podrá ser completo.
 Conoció a Ana en el mero formalismo burocrático de hacer un recorrido por las instalaciones donde la empresa donde trabajaba construirÃa una archivo de conservación de material fÃlmico. Ana era la responsable del galpón donde ahora se apilaban todas las latas de tal forma como si quisieran ser destruidas lentamente.
Era un galpón polvoriento, cálido y húmedo, inmenso, donde Ana se volvÃa aún más insignificante que lo que sus 50 kilos, su 1,60 de estatura y su piel blanca opaca la hacÃa.
Ese galpón donde casi nadie iba, que casi nadie conocÃa, comenzó a recibir las flores, los regalos y luego las visitas.
Y Ana jugaba con conciencia y después de las primeras veces ya habÃa horas donde su ropa interior estaba guardada en su cartera y debajo de los vestidos y las faldas lo esperaba húmeda e impaciente.
Debajo de ellos se escuchaban los últimos sonidos de la jornada d elos obreros que preparaban todo el sistema de enfriamiento, a veces un teléfono sonaba, casi siempre equivocado, mientras ellos temblaban.
Después del amor, Ana se arrodillaba y trataba de buscar en el piso alguna evidencia para recolectarla y esconderla. A él siempre le quedó la duda: ¿serÃa para esconderla y no delatarse o para que nadie profanara esas pistas del placer?
 Le gustaba ver desde el nuevo balcón los aviones: de quienes se van por placer y vuelven pronto, de quienes se van obligados y no podrán volver, de quienes se van para nunca volver, para olvidar que estuvieron. Y es que, después de todo, el sabe que su caso no puede ser distinto: dos de los principales argumentos en la toda historia son alguien que llega y alguien que se va.Â
Dentro de Ana se disolvÃa en partÃculos fluidas: sudor, semen, saliva, todas corriendo con agilidad de rio y desembocando dentro de aquellas cavidades que eran suyas.
 Ana siempre callaba durante el sexo. Él cerraba los ojos. Ella los tenÃa abiertos pero su mirada divagaba. A él le hubiera gustado decirle algo significativo al oÃdo antes, durante o después del forcejeo casi violento de cada encuentro, pero siempre se trababan las palabras, como un niño aprendiendo a caminar se esforzaba proque ana tatuara en su cuerpo cada embestido y eso consumÃa toda su fuerza.
A veces se detiene y piensa en la correspondencia: todos los sobres que por semanas, tal vez meses llegarán a su vieja residencia. Alguien podrá saber cuánto gasta en teléfono celular y a quién llama, leerá algtuna postal, recibirá algún material por subscripción que no pueda procesar su cambio de dirección a tiempo.
Los rótulos de la caja son, en general, genéricos. Libros, utensilios, archivos. Algunos se limitan a decir frágil, seguramente contendrán la vajilla que le regaló su madre, algún florero, posiblemente los discos.
 Él se detiene a observar la ceremonia del embalaje y, de repente, siente que se trata de una especie de técnicos funerarios, de embalsamadores de su vida en esas paredes.
Luego vendrá la resurección gloriosa, a la luz del sol que deja entrar el inmenso ventanal, pero quedan dÃas de oscuridad, de muerte, de desolación.
Con cada caja que sale siente que la temperatura de la sala desciende alguna milésima parte grado centrÃgrado y aunque sabe que debe ser algo sicóligco igual su piel lo resiente y, de repente, eriza algunos vellos.
 A veces él llegaba con Ãmpetu, con hambre y la arrebataba. Otras veces se aceraba a ella lo suficiente y esperaba para que se fuera trenzando sobre él, como una enrredadera, y ella se aferraba hasta casi asfixiarlo.
Tomadas del documental 4 hermanas de Televisión Serrana de Cuba:
 ”Cuando él amanecÃa…” (para referirse a que el hombre despertaba)
 ”Cuando me siento agobiada me siento con un cigarro a ver el humo que se va y de a poquito ya no pasa nada, ya no hay tristeza ninguna.”