Le dijeron, le chismearon, nunca hubo manera de comprobarlo. Ana sólo era Ana y su única circunstancia era el galpón, el polvo, las goteras, las películas viejas.
Camina hacia el rincón que hacía de oficina de Ana, se extraña de que puede hacerlo en la oscuridad, como si se tratara de su casa.
Tose.
Sobre el escritorio, Ana lo espera, desnuda, bocabajo. Una sombra se acerca, recoge el cabello sobre la espalda y lo acomoda hacia un lado. Sopla cálidamente recreando la columna vertebral que la poca piel de Ana le ofrece y llega hasta las nalgas, donde parece comenzar a resentir la falta de aire.
Respira y los escucha murmurar. ¿Canción? ¿Poema? ¿Palabras sin sentido?
Ella pregunta, afirma y exclama con desinterés:
-Llegaste…
Él cierra los ojos, los frota, los vuelve abrir y sólo hay oscuridad.
Ana tomó una beca para estudiar algo en España, algo, cualquier cosa. Ana no está. ¿A quién retienen noches intercaladas de sexo, un salario bastante cerca del mínimo legal y algunas películas viejas que no importan a nadie?
Ana no está pero él se va desnudando y comenta:
-Hoy te pensé ordenando los libros…
Vuelve la imagen, casi hiriente, Ana se voltea toda rostro, senos y sexo frente a él y lo mira a los ojos. Él no sabe si es cazador o presa y espera. En sus oídos escucha un eco amplificado de los latidos de su corazón.
Acerca sus labios y ella lo recibe. La levanta del escritorio y la coloca, no, la despliega sobre el piso, nuevamente bocabajo. Y son Ana y él otra vez, aunque ella se haya ido sin despedirse. La piel de ella reacciona a las asperezas y desniveles del cemento del galpón, él igual se acomoda para penetrarla.
Embiste furiosamente, quiere tatuarla como para que ella arrastre toda la pasión y ella está en uno de esos días en los que sólo se deja hacer. Si llega a sentir dolor estira los brazos hasta alcanzar una lata de película, parece por instante preguntarse cual podría ser, pero igual la aprisiona, a veces incluso la golpea contra el piso, como en un efecto dominó que va de él a ella de ella a la lata.
A veces se preguntan si alguien escucha, pero quién puede escuchar si a ese galpón nadie va, si sólo el anarquismo de la filantropía de su padre podía haberla descubierto para unos pocos más.
Terminan y él la voltea. La piel blanca llena de puntos rojos por la superficie del piso. En segundos el rojo será rosado, en minutos será blanco, tan blanco como siempre. Algún día él logrará dejar las marcas permanentes.
Se recuestan de lado, cuerpo sobre cuerpo. Acercan sus rostros al piso, les gusta escuchar los fluidos refrigerantes que comienzan a andar, como si se tratara de la sangre que fluye de nuevo en el cuerpo de un resucitado en los ductos que pronto protegeran tantas imágenes, tantas historias.
Algún día iba a dejar esas marcas permanente. Tenía esa certeza y con ella besaba a Ana nunca en la boca para despedirla: en la frente, en la mejilla o en un hombro y se perdía después de la puerta del galpón.
Nunca imaginó que estaría allí dentro, prisionero de una celda absurdamente inmensa, y Ana perdida.
Se viste de nuevo y se sienta al escritorio a pensar.