Escribir el texto que falta en un libro de relatos es, ni más ni menos, buscar la pieza más pequeña y delicada del engranaje de una máquina de alta tencología. Es el tornillo Phillips de cabeza particularmente estríada, la torre de precisión de una bujía japonesa.
Y encima es peor si tiene que escribir en medio de la mudanza.
Realmente hace poco, las cosas van bien, paga una compañía especializada que ha acomodado, embalado y transportado, en un camión equipado, todo asegurado, todo lo que se puede aspirar cuando se ha dispuesto todo y pagado todo. Él todavía sigue en el viejo apartamento, se aferra a la última mesa, la que irá en el último viaje, el desktop ya está en la nueva residencia, se defiende con su laptop.
Se aferra a esa mesa como un náufrago y piensa la metáfora y la teme, porque la gran conclusión que le dejaron las mudanzas con sus padres es que cada uno de esos traslados es un naufragio. Una tremenda tragedia donde se pierden fotos, memoria, libros, palabras, discos, melodías y quién sabe cuántas cosas más que forman parte del vacío que ahora le acompaña y, claro, si no logra recordar qué fueron, no puede buscar sustituto.
O tal vez ni siquiera haya reemplazante posible, sólo la brecha que deja cada pérdida.
De los libros, sólo conservó consigo “Tres rosas amarillas” de Raymond Carver donde está el relato “Cajas”. Lo relee obsesivamente y se va sintiendo protagonista, narrador, personaje y acción de cada uno de los eventos del relato.
Estaba convencido de la importancia y conveniencia del proceso secuencial: primero, todas sus cosas fueron embaladas, en orden creciente de prioridad en esas cajas, luego las comenzarían a trasladar. Pero, mientras veía que el rompecabezas de su casa se desmontaba en cajas que se apilaban comenzó a preguntarse sino sería toda la mudanza un sueño y que ahora viviría de esa manera, con ese nuevo método de organización.
Esta sensación, un miedo, una ansiedad, desapareció cuando salió la primera caja. Simplemente bastó eso, un joven de un metro ochenta cargando un caja. No se podía saber qué iba en lla, pero cuando el joven traspasó el umbral, la mudanza comenzaba a consumarse.
Es que incluso ve fantasmas. Ahora ha podido ver desfilar, una a una, las últimas mujeres que durimieron en ese apartamento. Parece poder distinguir como cada una llega a reclamar y se lleva aquellos objetos que, de alguna manera, podían decir que les pertenecía.
Ha visto a Mariana llevarse unas hojas manuscritas que relataban una escena sexual de una novela inédita, de hecho, inconclusa, que recreaba casi al calo una noche entre ellos.
Él quiere mudarse para tener adonde volver, él quiere viajar para poder sentir lo que es la emoción del regreso, del reencuentro. Con tantas cosas. Fantasea sobre ello.
Siempre quiso tener un gran ventanal con vista al mar, una inmensidad azul, que se perdiera a su vista, que le hablara de infinitos, de la ausencia de limitaciones.
¿Qué es la felicidad total para él? terminar ese cuento, colocarlo en el libro y ver cómo funciona el engranajae. Pero al instante que lo relea completa comenzará la inquietud de un próximo libro a agrietar esa felicidad y nada podrá ser completo.
Conoció a Ana en el mero formalismo burocrático de hacer un recorrido por las instalaciones donde la empresa donde trabajaba construiría una archivo de conservación de material fílmico. Ana era la responsable del galpón donde ahora se apilaban todas las latas de tal forma como si quisieran ser destruidas lentamente.
Era un galpón polvoriento, cálido y húmedo, inmenso, donde Ana se volvía aún más insignificante que lo que sus 50 kilos, su 1,60 de estatura y su piel blanca opaca la hacía.
Ese galpón donde casi nadie iba, que casi nadie conocía, comenzó a recibir las flores, los regalos y luego las visitas.
Y Ana jugaba con conciencia y después de las primeras veces ya había horas donde su ropa interior estaba guardada en su cartera y debajo de los vestidos y las faldas lo esperaba húmeda e impaciente.
Debajo de ellos se escuchaban los últimos sonidos de la jornada d elos obreros que preparaban todo el sistema de enfriamiento, a veces un teléfono sonaba, casi siempre equivocado, mientras ellos temblaban.
Después del amor, Ana se arrodillaba y trataba de buscar en el piso alguna evidencia para recolectarla y esconderla. A él siempre le quedó la duda: ¿sería para esconderla y no delatarse o para que nadie profanara esas pistas del placer?
Le gustaba ver desde el nuevo balcón los aviones: de quienes se van por placer y vuelven pronto, de quienes se van obligados y no podrán volver, de quienes se van para nunca volver, para olvidar que estuvieron. Y es que, después de todo, el sabe que su caso no puede ser distinto: dos de los principales argumentos en la toda historia son alguien que llega y alguien que se va.
Dentro de Ana se disolvía en partículos fluidas: sudor, semen, saliva, todas corriendo con agilidad de rio y desembocando dentro de aquellas cavidades que eran suyas.
Ana siempre callaba durante el sexo. Él cerraba los ojos. Ella los tenía abiertos pero su mirada divagaba. A él le hubiera gustado decirle algo significativo al oído antes, durante o después del forcejeo casi violento de cada encuentro, pero siempre se trababan las palabras, como un niño aprendiendo a caminar se esforzaba proque ana tatuara en su cuerpo cada embestido y eso consumía toda su fuerza.
A veces se detiene y piensa en la correspondencia: todos los sobres que por semanas, tal vez meses llegarán a su vieja residencia. Alguien podrá saber cuánto gasta en teléfono celular y a quién llama, leerá algtuna postal, recibirá algún material por subscripción que no pueda procesar su cambio de dirección a tiempo.
Los rótulos de la caja son, en general, genéricos. Libros, utensilios, archivos. Algunos se limitan a decir frágil, seguramente contendrán la vajilla que le regaló su madre, algún florero, posiblemente los discos.
Él se detiene a observar la ceremonia del embalaje y, de repente, siente que se trata de una especie de técnicos funerarios, de embalsamadores de su vida en esas paredes.
Luego vendrá la resurección gloriosa, a la luz del sol que deja entrar el inmenso ventanal, pero quedan días de oscuridad, de muerte, de desolación.
Con cada caja que sale siente que la temperatura de la sala desciende alguna milésima parte grado centrígrado y aunque sabe que debe ser algo sicóligco igual su piel lo resiente y, de repente, eriza algunos vellos.
A veces él llegaba con ímpetu, con hambre y la arrebataba. Otras veces se aceraba a ella lo suficiente y esperaba para que se fuera trenzando sobre él, como una enrredadera, y ella se aferraba hasta casi asfixiarlo.